Todo homosexual es de naturaleza dramática y extremista; la vida se resume en determinaciones y epifanías que siempre culminan con el tomo de un voto. No obstante, tal cual en el catolicismo, tomamos votos en momentos de euforia, extasis, depresión o cualquier otra pico (notese connotación fálica) de nuestra vida y a su vez, dichos votos están destinados a ser quebrantados de una manera casi tan estrepitosa, como el surgimiento de comentarios ante un atuendo mal combinado en reunión homosexual en starbucks.
Empecemos este análisis con el voto católico por excelencia: el voto de pobreza. El catolicismo, requiere que todo sacerdote tome un voto de pobreza, el cual le librará de ataduras al mundo terrenal y elevará su alma a un nivel lleno de libertad y cercano a la divinidad. Se escucha lindo ¿no?; sin embargo, la realidad es que el vaticano se configura como una de las entidades de mayor poderio económico en el mundo entero, contando con " cientos de millones de acciones en las más poderosas corporaciones internacionales, tales como la Gulf Oil, Shell, General Motors, Betlehem Steel, General Electric, Internacional Business Machines y la aerolínea TWA. En Colombia es dueña del poderoso grupo económico Suramericana que incluye la Nacional de Chocolates y el Banco Colmena, además de ser propietario de varias universidades como la Javeriana", ahora, ¿dónde quedó el voto de pobreza?.
Dicho comportamiento es adoptado de manera recurrente por cualquier homosexual; un claro ejemplo es al ser dejados/humillados/no complacidos, momento en el cual juramos por la colección noventera de Natalie Merchant, que adelgazaremos, nos pondremos bien buenos y tomaremos venganza. La realidad es que ese voto tiene vigencia hasta que llegue el siguiente drama que sacuda nuestras insignificantes vidas.
Pero aún más interesante que la patología descrita en los párrafos anteriores, es la cuestión que subyace a los votos, siendo sencillamente una promesa, y en el caso católico, una promesa cuasi-rota y tan condenada como las mallas garabateadas de los noventas, el aqua net, las donitas para el cabello o los heterosexuales con buen gusto. La cuestión es que nos gusta hacer promesas que por nuestra naturaleza son difíciles de cumplir, partiendo desde la fidelidad y terminando en la monogamia u otros mitos que todos queremos creer pero que se nos pintan como fábulas extraordinarias.
Sinceramente creo en lo positivo de las promesas católicas como axiomas de nobleza extraordinaria, que de resultar verdaderas engrandecerían el concepto religioso y espiritual inherente a dichos principios, que llevarían a una cruzada magnífica basada en el amor al prójimo, el engrandecimiento del humano y máximo respeto a la trascendencia del espiritu. De igual manera, considero que si los homosexuales fueramos capaces de sostener nuestras promesas de monogamia, fidelidad, dieta y ejercicio, seríamos una comunidad más digna, delgada y feliz; no obstante, tal cual católica en celo, rompemos nuestras promesas, somos infieles y vivimos solamente para hacer miserables a quienes amamos.
La conclusión es que a pesar de que en promedio, tenemos esa predisposición a romper nuestras promesas, al igual que en el catolicismo, nos encontramos con excepciones que mantienen vivo el ideal, nos hacen soñar con un mundo mejor y en el caso del homosexual, con el hombre perfecto, una relación monógama y en última instancia, con el perfecto vestido de cóctel.
sábado, 8 de enero de 2011
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