Después de una fuerte ausencia por falta de inspiración, ganas y voluntad, como buen católico que decide retomar su fe previo a una horrible muerte y acosado por la terrible posibilidad de quemarse en el infierno, he decidido volver a éste mi proyecto, donde la finalidad principal es evangelizar a la onda homosexual en México.
Tengo que confesar que estaba lleno de culpa, me terminé arrodillando ante un práctico desconocido, en medio de un lugar angosto y oscuro y haciendo otras cosas de las que no estoy completamente orgulloso; y todo con la finalidad de encontrar ese desahogo tan anhelado. Al término de un rato y después de unos momentos de interacción incómoda con aquel hombre misterioso, me vine, así es, me vine de la iglesia después de haberme confesado.
Ahora, con la consciencia tranquila y el perdón del sacerdote en representación de dios, que a su vez está compuesto por un padre, un hijo y espíritu, me he puesto a pensar que el ritual de la confesión católica es una extraordinaria maravilla. Es como una terapia Freudiana gratuita o una noche en el bar después de muchos tragos: vas, te haces consciente de tus asquerosas acciones, te hacen arrodillarte y arrepentirte, y posteriormente simplemente te sientes mejor.
El punto es que inconscientemente los homosexuales pasamos por el proceso de la confesión de una manera más tortuosa, dolorosa y devastadora; supongamos que cometemos un error de la vida galante homosexual, como digamos algo aleatorio y que jamás me ha pasado a mí, besarnos con una aberración de la escena gay local ¿qué hacemos?
-Como todo buen católico después de pecar, lo negamos, lo negamos con tanta intensidad que empezamos a creer que nunca sucedió. No obstante, los católicos inventaron la culpa, y los gay inventamos a aquel amigo que presenció todo y que te juzga constantemente. No te queda otra opción que aceptar tu falta. Esta fase es el equivalente al arrepentimiento.
-Una vez avergonzado de la inmundicie de tus acciones y sin posibilidad de negar los horrendos acontecimientos, decides confesar a tus íntimos amigos en busca de apoyo y comprensión. Es decir, la confesión toma lugar.
-Después recuerdas tus amigos son jotas horrendas, amargadas y prejuiciosas y que terminan recordándotelo los años por venir. Esta es la penitencia.
Es decir, si te conviertes al catolicismo, puedes saltarte el calvario de expiación y solucionar todo con una buena confesión.
Digo, lo más probable es que sigas escuchando los amargos reproches y comentarios llenos de veneno de tus amigos, pero por lo menos tendrás el perdón de dios, que a su vez está compuesto por el padre, el hijo y el espíritu y es representado por la iglesia y sus sacerdotes.
CON PER!