Considero que la manera en la que la religión católica plasma a las mujeres es extraordinariamente misógina, polarizada y sobre todo la mejor metáfora para describir a una jota en los tiempo modernos. No, no me refiero al factor obvio de comparación que se resume con su simple "ellaaaaaaaaaaaaaasssssssss", sino a todo lo que se ha construido alrededor de las escasas heroínas de la religión católica.
Así, el catolicismo tiene ese magnífico toque que nos hace temblar (allá abajo) para catalogar a sus mujeres: o es una puta buscona, o una virgen inmaculada, llana descripción de la jota actual. La verdad es que parece que la postura del homosexual se ha convertido con el tiempo cada vez más radical, por una parte están aquéllos que abogan y ejercen plena promiscuidad con impune descaro, caminando por los cuartos oscuros, saunas y peor aún, en el mismísimo ranchero; mientras que en la otra esquina están los monógamos, que se ostentan como parte de una nueva generación de homosexuales con principios, confinando a la perdición a sus antagónicos.
Basta con recordar a las dos mujeres más icónicas de la religión: María Magdalena y la Virgen María (como toda jota, una María más, una María menos) para darnos una idea de la similitud con nuestras vidas. En primera instancia tenemos a María Magdalena, una mujer alegre y coqueta que disfrutaba los placeres de la vida mientras se ganaba una lanita (a girl gotta eat), es decir, era una prosti; todo hasta que llegó un hombre majestuoso, le sacó los demonios que llevaba adentro (al parecer siete) y la convirtió en una Santa. Acéptemoslo, es el vivo retrato de la jota promiscua que jura y perjura que cuando llegue el adecuado ella se tornará buena y al camino de la rectitud, pero que mientras vive una existencia llena de libertinajes, excesos y cosas adentro de su ser (como los demonios de María Magdalena).
Asimismo, está la contraparte, la inmaculada Virgen que por lo menos así se presentaba con la aprobación de su esposo (ajá!) y devengando el producto del efímero ente conocido como el espiritu santo; que para es la más acertada descripción del típico homosexual que siempre está en una relación y no experimenta su lado sexual en repetidas ocasiones y a menor provocación, ocio u otro factor detonante de la irrigación sanguínea (allá abajo). Esa vertiente que predica por el amor entre aves que no pueden volar y demás, pero que muy por dentro sufre del furor homosensualoso del que todos somos víctimas.
No me malentiendan, esto no es una generalización, simplemente dos tipificaciones de dos homosexuales en nomenclaturas opuestas y que al término del día sucumben ante el mismo objeto de bajas pasiones: un hombre! siendo éste el caso de las protagonistas femeninas del catolicismo.
En resumen, las jotas al igual que las múltiples Marías del catolicismo y la manera de afrontar la realidad depende del momento de la vida en que se encuentren, ya sea poseídas por siete demonios, en plena prostitución, en espera del ente impregnador de virtud o tal vez a la expectativa de un buen mechudo de treinta y tantos que obre milagros (allá abajo).
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